Y quiso prodigarle en besos lo que no podía en pesetas; mas ella se desprendió de sus brazos, diciendo desabridamente:

—Estos marranos de hombres creen que tener querida es tener guitarra, que se deja tocar sin que la den de comer.

—Por Dios, nena; tú no eres mi querida; ¡eres mi alma!

—Yo soy una mujer que tié que gastar en comer, y en vestir, y en zapatos, y cuando un zángano no dispone de posibles... ¿o es que me voy a guisar el aire?

—Cuando he tenido... y en cuanto tenga...

Pus entonces güelves.

Carola se iba enfurruñando por momentos. Él la escuchaba pasmado, acordándose de las grandes cocottes de París, de quienes en los folletines había leído que despiden como lacayos a los lores ingleses luego que les han arruinado. De pronto, se le acercó humilde y cariacontecido, temblándole los labios, sublime y ridículo de amor, gritando:

—¡Qué! ¿Vas a dejarme sospechar que me querías por el interés? ¡Permíteme que te bese, o creeré que eres una cualquier cosa!

Adelantó con indecible majestad, como el león hacia su hembra; hubo en su actitud impulso de amante y arrogancia de señorío. Carola, miserablemente asustada con aquello de la traslación de estanco y penuria del nuevo establecimiento, comprendió que el odre estaba seco. Ni corsé, ni cenas, ni recibo de inquilinato... no pudo más. Miró al pobre viejo con expresión de frío desprecio, y plegando en burlona mueca los labios por él tantas y tantas veces besados, le dijo:

—Oiga usted, don Baboso de Singuita, ¿te has figurao que una hembra como yo va a esperar pa dejarse querer a que llueva dinero el mes que viene? Si no me pués mantener con decoro, ¿ qué te me has arrimao, cara de siglo?