Estaban comiendo solomillo con trufas, que a don Quintín le parecieron patatas de luto; don Juan seguía hablando entre bocado y sorbo.
—Hay que regenerar el gusto del público: nada de revistas ni pantorrillas..., ésas para usted y para mí. Arte serio; ya ve usted que la Moreruela es indispensable.
Don Quintín, rebañando con un migote la rica salsa, guardó silencio unos instantes, cual si dudase de la oportunidad de lo que iba a decir, y, por último, habló resueltamente, aunque sonriendo para disminuir el alcance de sus frases:
—Señor mío; usted sí que tiene remuchísimo talento; y todo eso está muy bien urdido...; pero a perro viejo no hay tus tus.
—¿Cómo?
—Que no me engaña usted. A usted le tienen sin cuidado el arte, la empresa y hasta las buenas mozas del coro.
—Explíquese usted.
—Lo que a usted le interesa es... la muchacha.
—Ahora sí que tiene usted que explicarse—repuso don Juan desconcertado.
—Sí, mi sobrina: y hablando en plata, lo que usted pretende es que yo le ponga en contacto con ella.