Don Juan se quedó atónito y a dos dedos de contestar ásperamente; mas no podía permitirse frase dura en su propia casa, y el gesto que ponía don Quintín no era de enojo, sino casi de broma.
—Usted ha pensado en mí—prosiguió el estanquero—, para dar más seriedad a su conducta... y, sobre todo, me ha buscado porque no halla medio ni manera de acercarse a la chica, y como no había usted de decirme descaradamente y en seco su propósito, ha inventado usted eso del teatro. Pero usted ignora muchas cosas. Primera: que mi sobrina no es mi sobrina, sino de mi mujer..., es decir, ná. Segunda: que se ha portado cochinamente conmigo y no la veo hace mucho tiempo..., ni ganas. Y, por último, que puede hacer, o ha hecho ya, de su capa un sayo, sin que yo tenga derecho ni voluntad de meterme en sus interioridades. Conque, favor por favor; usted me honra convidándome y ofreciéndome un destino... que buena falta me hace, y yo le declaro a usted que la tal sobrina... puede irse al moro sin que me importe. Vamos, que se ha equivocado usted de medio a medio.
—Yo no he querido lastimar en lo más mínimo...
—Esté usted tranquilo; dos hombres formales no pueden reñir por esa... ingrata. Harto sé yo lo que son mujeres, ¿Le gusta a usted? Bueno..., pues usted ¡a ella! y nosotros tan amigos como antes.
Don Juan, en el colmo del asombro, exclamó:
—¿Que no le importa a usted?
—Absolutamente nada.
Pausa de unos segundos: el amo hace seña al criado, y éste echa Jerez en la copa grande de don Quintín.
El diálogo continúa del siguiente modo:
—Me deja usted espantado.