Dicho lo cual, se desabrochó el cuerpo del vestido enseñando la chambra y el nacimiento del pecho, para que quien les sorprendiese supusiera que estaban entregados a impuras y culpables caricias.
Don Quintín se desabrochó también el chaleco, mostrando la pechera de la camisa. Después, alargando una mano, según estaba sentado, cogió de sobre el velador la botella de Jerez, hizo que Carola empinase, y en seguida pretendió que, con los labios húmedos, le besara.
—¿No te dan gusto este vinillo y ese fuego tan cariñoso?
—¡Vaya un hombre, que tié al lado una mujer y se pone en cuclillas junto a la chimenea!
—¿Qué te parece el cuartito? ¡Mira que si pudiéramos quedarnos, es decir, quedarte con todo esto!
De repente, sonó un campanillazo. Don Quintín tembló de miedo, como los convidados de Tenorio al oír el aldabonazo del Comendador. Carola se dijo: «a lo hecho, pecho.»
Ambos guardaron medroso silencio.
Siguió un segundo campanillazo, y entonces dijo él:
—Nosotros no abrimos: ya se cansarán.
—Panoli, ¿tienes miedo? Yo iré, que a mí no me conocerán, y diré que no hay nadie.