Adivinando lo que había de suceder, se puso el mantón, cogió disimuladamente el velo para estar dispuesta a la fuga, y se dirigió hacia el pasillo.

Transcurrió un minuto; aún rechinaban los goznes de la puerta, cuando don Quintín oyó el timbre de una voz que le dejó trémulo de espanto; apenas sus labios acertaron a balbucear un nombre:

—¡¡Es Frasquita!!

También sonó la voz de Carola:

—Buena mujer—decía—, aquí no vive ese señor.

—¡Ya lo sé, ya lo sé!—repetía la voz espantable—; pero ahí dentro está; ¡déjeme usted pasar!

—¿Es usted su criada?

—¡Es mi marido!

Carola, fingiendo tremenda ira, comenzó a gritar:

—¿Marido? Embustera, vieja, estantigua, si lo que paece usted es la estampa de las cuarenta horas.