—Habla, vida mía. Todo lo que quieras, menos que yo viva sin ti.

—Juan..., estamos locos.

—Dime que me quieres y me dejo matar.

Sus voces languidecían; sus cuerpos, poseídos de atracción mutua e imperiosa, se juntaban como dos hojas de árbol que el viento agita. Acortaron el paso. Juan, deseoso de prolongar aquella emoción paradisíaca, exclamó sin tener en cuenta el intenso frío:

—¡Qué hermosa noche! ¡Cristeta, ya eres mía!

—Espera—dijo ella—; antes tienes que oírme. Se trata de nuestro porvenir... Toda la vida. ¡Piensa lo que haces!

—Te juro que te quiero como no he querido a nadie. Ahora dispón lo que se te antoje.

Mirole ella con inefable ternura, adhiriéndose a su brazo como planta endeble que ha menester apoyo, y murmuró:

—¿Qué será de mí? ¿Me quieres de veras?

La respuesta fue un delicioso apretujón por bajo de la capa, y al mismo tiempo una mirada en que iba envuelta la promesa de la felicidad.