—Pues bien, Juan, no puedo luchar más; soy tuya..., haz lo que quieras; manda, llévame donde quieras.

—No: mandar tú, obedecer yo.

—¿Me abandonarás otra vez?

Don Juan aflojó el embozo, y subiendo hasta sus labios la mano de Cristeta, se la besó con más fervor que si la tocara por vez primera, diciendo al mismo tiempo:

—Traigo dinero de sobra; vengo dispuesto a todo...

—Por ahora, paciencia—continuó ella—, tengo que irme en seguida; pero... pocas horas faltan. Mañana a las dos de la tarde ven a mi casa. ¿Entiendes? Quiero que vengas a buscarme y quiero salir de mi casa contigo, a la luz del sol..., iremos donde quieras... para siempre. ¿Comprendes? ¡Toda la vida! ¿Querrás? Pero te advierto que jamás volveré a mi casa ni a soportar a ningún hombre que no seas tú. Tuya, y nada más que tuya...

—Te juro—interrumpió él con acento solemne—, que nunca te abandonaré..., y si algún día eres libre..., en fin, ya hablaremos.

Pretendió ir por la calle de Bailén abajo para prolongar el paseo, mas Cristeta le hizo volver.

—Vámonos, tengo prisa—decía—; acompáñame hasta pasado el Viaducto.

—Como quieras; pero ¿te arrepentirás de lo dicho?