—Esto es imposible, no puede ser. ¿Vives aquí?
Cristeta, con grandísima calma, pero algo alterada la voz por la emoción, repuso:
—Esta es mi casa.
—¿Pero no tienes criados?
Suspiró lentamente, y replicó:
—No tengo criados.
—¿Tu hijo?
—No tengo hijo.
—¿Tu marido?...
—No tengo marido.