Entonces... explícame... ¿Verdad que eres mi Cristeta de mi vida?
—Eso no lo sé todavía. Veremos.
—¡Habla!
Por el ancho hueco de la ventana se veían torres, veletas, campanarios, las masas rojizas y las líneas quebradas de los tejados vecinos, y dominándolo todo, el cielo azul radiante de esplendorosa claridad. Un rayo de sol venía a juguetear sobre los ladrillos del piso haciendo dibujos luminosos. Don Juan pensó llegar a una casa de burgueses ricos y estaba rodeado de pobreza. Las riquezas del mundo parecían refugiadas en las pupilas de Cristeta, donde brillaba un tesoro de amor.
—Habla, por piedad—repitió él.
Cristeta, violentándose mucho, como jugador nervioso que arriesga su porvenir entero al azar de un naipe, dijo así:
—¿Te acuerdas de cómo me dejaste abandonada en Santurroriaga?
—Sí; pero, ¿verdad que me has perdonado? Ahora soy otro, y te adoro.
—Yo hasta entonces no había querido a nadie ni me había dejado querer..., ni poseer. Fuiste el primero y el único, porque después... tampoco.
—¿Qué?