Don Juan no pudo aguantar más. Levantose del sofá, la miró frente a frente, como para buscar en el abismo azul de sus ojos confirmación a sus palabras, y luego, alzándola y atrayéndola lentamente hacia sí, pegó los labios a la oreja encendida de su amada, y murmuró estas palabras:

—¿Tanto me quieres?

Ella dobló la cabeza sobre el hombro del amante, pegose a él, cuerpo con cuerpo, y en voz muy queda, como se dicen las grandes cosas de la vida, repuso:

—¿No me dejarás nunca?

Entonces—nadie sabrá jamás si fue sincero arranque o astucia premeditada—volvió a mirarla fijamente, y presentándole la mano derecha, preguntó con increíble valor:

—¿Quieres ser mi mujer?

Ella, desasiéndose de sus brazos, apartó el cuerpo, se restañó con el pañuelo las lágrimas, y revelando la energía de quien en todo ha pensado y tiene, hace tiempo, adoptada una resolución, contestó:

—¡Eso... jamás!

—¿Por qué?

Cristeta quiso expresar todo lo que sentía, y acordándose tal vez de que fue comedianta, lo formuló en lenguaje, aunque sincero, un poquito dramático, diciendo: