—Lo que yo quiero no es tu libertad, sino tu cariño. ¿Casarnos? ¿Para qué? ¿Para darte por seca y rigurosa obligación lo que por libre y complacido albedrío quiero que sea tuyo? ¿Para mermar a la pasión el encanto de la espontaneidad? ¿Por ventura serán entonces más cariñosos tus besos, más prietos tus abrazos? ¿Tendremos mayor firmeza en la confianza ni más brava abnegación en la desgracia? ¿Qué ceremonia, qué rito, que fórmula ha puesto el Señor por cima de este anhelo con que mi pensamiento quiere volar para hacer nido en tu alma?
—¡Cristeta!
—Yo te serviré en el bien, de estímulo, en el mal, de rémora. Duplicaré tus venturas y compartiré tus penas. ¿Te veré dichoso?, pues mi amor será la gota que llene el vaso de tu felicidad. ¿Desgraciado?, yo lloraré por ambos... Pero ¿casarme? ¿Y si te arrepintieras? ¡Qué horror si algún día confundieses mi gratitud con mi cariño! ¿Llevar tu nombre? Bajando está siempre de mi pensamiento a mis labios; mío es aunque no quieras, y al dormirme siento que se me asoma a la boca para guardarte todo el aliento de mi vida. ¡No! tú, libre como el aire; yo esclava, quieta, callada y mansa como el agua eternamente enamorada del cielo que, aun sin darse cuenta de ello, igual refleja los alegres arreboles del alba que las tristes nubes de la tempestad.
Don Juan hizo ademán de arrodillarse—la cosa no era para menos—; mas ella no lo consintió, y poniéndole una mano en cada hombro le miró embebecida, al mismo tiempo que decía:
—En el momento en que nos sujetase algo superior a nuestra voluntad, el amor no sería dulce impulso del alma, sino tributo doloroso.
—¿Y el mundo, la sociedad y las gentes?
—¿Ahora te preocupas por eso? ¿Te cuidabas de ello al perseguir casadas? Los que acaso me disculparan adúltera, me rechazarán amante... ¡Ya lo sé! Pero ¿a quién consagro yo mi existencia, a ti o al prójimo?
—¿Me prometes que serás siempre mía?
—Vive tranquilo. Si he hecho tanto para que vuelvas a mí, ¿qué no seré capaz de hacer por merecerte y conservarte?
Callaron, cambiando dos miradas que hacían inútil toda protesta de sinceridad. En la imaginación de ambos surgió la misma idea, formulada en sentido contrario. Él pensó: «Será mi mujer»; y ella se dijo: «Si me caso le pierdo».