—Si ve usted en los anuncios que alguien busque casa para vivir en compañía, dígamelo usted, que tengo un gabinete muy mono.
Don Quintín no pudo reprimir el atrevido pensamiento, y repuso:
—Monina, ¿me quieres a mí de huésped?
—No, porque vivo solita; un señor mayor, sí; pero hombres de buena edad, así como usted... ¡nones!
¡De buena edad! ¿Qué cosa podía lisonjearle más? Una mujer joven y bonita le consideraba peligroso. Se atusó el áspero bigote, tosió con fuerza, se acordó de las asonadas del cuarenta y del cincuenta, de las formaciones en que lucía el gallardo cuerpo, hasta de las barricadas, y recobrando el pasado ardimiento, cogió a la hechicera avispa las manos, que ella tuvo buen cuidado en no retirar.
—Oye—le dijo—, gachoncita, pimpollo, ¿me tendrías miedo?
—Miedo no, porque no asustan más que los feos; pero no quisiera que nadie murmurase de mí...
Don Quintín creyó ver que el rostro de la chicuela se cubría de pudoroso carmín.
—¿Te gustaría más un joven, un mocito?
—No quiero nada con chiquilicuatros, que no tienen pizca de formalidad.