—¿Prefieres hombres serios..., por ejemplo, yo?

—Sí; pero usted no es para mí. La mujer debe buscar uno de su igual.

En seguida bajó los ojos, fingió turbarse, y terminó diciendo:

—Por Dios, don Quintín, déjeme usted vivir tranquila.

Claramente comprendió el vejete que aquella mujer le consideraba como caballero, y además como peligroso. No le faltó más que oírse llamar guapo.

En seguida sacó la chica un caramelo que llevaba oculto entre los pliegues del corpiño, le quitó el papel, se lo llevó a la boca, hizo como si quisiese y no pudiese partirlo con los dientes, y, por último, se lo presentó, húmedo todavía, a don Quintín, diciéndole:

—Pártalo usted y deme la mitad.

El estanquero no pudo más. Miró a uno y otro lado del pasillo, vio que nadie venía, y cogiendo a la avispa por el talle, a riesgo de quebrarle un ala, la atrajo hacia sí y le plantó en el cuello un beso como no se lo había dado a mujer alguna desde la regencia de Espartero, exclamando:

—¡Tú vas a ser mi perdición!

—¡Y usted la mía!—repuso ella con la voz trémula, como desposada que viera descorrerse las cortinas del tálamo.