—Y tú hombre de mucho mundo, que es uno de los tres enemigos del alma.

—Vamos, abre, paloma.

—¿Y qué prometes?

—Cerrar cuando tú lo mandes.

—¿Palabra de honor?

—Lo juro.

Oyose el estridente correrse del pestillo, entreabriose la puerta, y, merced a la luz que cada interlocutor tenía en su cuarto, pudieron ambos verse perfectamente.

La puerta quedó separada de su marco cosa de un palmo, y por aquel espacio alargó don Juan ambas manos, estrechando entre ellas una de Cristeta, que ésta tuvo la caridad de no retirar.

—¡Parece mentira!—decía él—. La prueba de que te quiero está en la cobardía, en el temor de ofenderte con que te miro y te deseo.

—Sí, pero te agarras.