—¡Maldita tormenta! ¡Estábamos tan bien en el balcón!...

La alegría retratada en el rostro de don Juan le acusaba claramente de mentiroso. Había empezado por no tomar a Cristeta más que una mano; después fue subiendo las suyas hasta cogerle la mórbida y delicada carnosidad del brazo, que mostraba desnudo fuera de la manga de la bata, y acabó por dar un golpecillo a la puerta con el pecho, dejándola medio abierta; de suerte que pudo acercarse mucho más a su novia y cogerle amorosamente la cintura, aunque sin oprimírsela con demasiada libertad.

—¿Qué es esto?—exclamó ella fingiendo un enojo que no sentía, y moviendo la puerta con un pie.

—¿Qué ha de ser? Que con esta maldita puerta me hago daño. ¿Pero qué tienes? ¿Desconfías de mí? ¿No hemos estado solos mil veces en tu cuarto del teatro en Madrid?

—Es verdad... esto es bufo, y vamos a concluir burlándonos uno de otro.

—Y en amor—añadió don Juan—no hay cosa peor que el ridículo.

Estaban en lo cierto. La situación era propia de sainete. Cristeta tenía el cuerpo echado hacia adelante, para que don Juan pudiera estrecharla el talle, y él, ansioso de no perder lo conquistado, había metido medio cuerpo por entre puerta y marco; con lo cual, en vez de personas formales, parecían chiquillos jugando al escondite.

—Basta de niñerías—dijo don Juan de repente, atrayendo hacia sí la puerta y abriéndola de par en par—. Entra en mi cuarto, o déjame que entre en el tuyo, y hablaremos tranquilamente.

—¿Tranquilamente?

—¿Lo dudas?