—Me engañas, algo te pasa.
—No, mujer.
—Es claro; como no soy nada para ti...
—Demasiado sabes que te adoro...; pero no voy a inventar cosas graves por capricho.
—Bueno, cállatelo; luego dirás que me quieres.
Don Juan puso cara de gran pesadumbre, lo más triste que pudo, y dejó caer la cabeza sobre el pecho. Entonces Cristeta se la levantó suavemente con ambas manos, y mirándole de hito en hito, cual si quisiera leerle en las pupilas el secreto, dijo:
—Juan... ¡mientes! a ti te pasa algo.
Hubo un instante de ese silencio que los novelistas llaman solemne.
Quien hubiese podido bucear en el pensamiento de don Juan, habría visto que le repugnaba mentir. Por vez primera condenaba su conciencia los medios que iba pronto a emplear su astucia. Cristeta le seguía mirando con todo el poderoso encanto del amor sincero.
—Anda... Juan... ¡dímelo!