Él fingió ceder.

—Sí, me ocurre... y muy grave... Oye.

Y sacando del bolsillo una carta, hizo como que buscaba con la mirada un párrafo, y leyó lo siguiente:

«Lo de París va mal, muy mal, y es preciso que estemos dispuestos a obrar con rapidez y energía si se nos echa encima alguna complicación. Sé de buena tinta que la casa Garcitola está haciendo negocios desastrosos. Desconfío de que, si nos lo propusiéramos, pudiésemos recoger ahora los fondos, y por otra parte reclamarlos en estas circunstancias, acaso sea perjudicarnos contribuyendo al nublado que se les viene encima. En fin, sirvan estas líneas de toque de alarma. En cuanto sepa algo concreto, le avisaré a usted para que me dé órdenes. En asunto tan grave no me atrevo a tomar la iniciativa.»

Todo lo cual oído con profunda atención, dijo Cristeta:

—Bueno, ahora explícamelo.

—Yo tenía valores de importancia colocados en esa casa Garcitola y Compañía, de París. Hace unos cuantos meses se empezó a decir si andaban o no andaban mal y, la verdad, como es una casa tan fuerte, cometí la tontería de no hacer caso...; y ahora, ya lo ves, mi agente de Madrid me escribe lo que acabas de oír... Nada, que si quiebran, me van a dejar por puertas.

Cristeta le escuchó atónita. Él se puso en pie, y sin temor de mover ruido, dio dos o tres paseos por el cuarto, a modo de león enjaulado.

Ella asustada, pero respetando su disgusto, se limitó a mirarle como implorando prudencia. Don Juan—¡parece mentira que sea el hombre capaz de tal perversidad!—aprovechó la ocasión, se acercó de puntillas a Cristeta, y arrojándose en sus brazos dijo en voz muy queda, casi, y sin casi, pegando los labios a la linda oreja de su amada:

—Perdóname, no sé lo que me hago.