Lo grave fue que, en lugar de desasirse en seguida, siguió agarrado a ella. Parecía hombre harto de esperar a la Fortuna, que de pronto la ve, la asalta, la sorprende, la sujeta, y decide no soltarla en su vida. Cristeta nada hizo por despegar su cuerpo del cuerpo de su amante, sino murmurar con voz preñada de caricias:

—¡Juan... Juan mío!

Él, sin aflojar los brazos, decía:

—Figúrate... cobraré, si cobro, en créditos, en papeles que tendré que realizar poco a poco, con pérdidas enormes, y al fin y a la postre quedaré mal, muy mal, con una renta miserable, gustos costosos, sin hábitos de trabajo...

—Un hombre como tú hace con el trabajo lo que quiere.

—¡Quiá! Me iré a vivir a un pueblo, sin más lujo que una escopeta, ni más amigo que un perro.

De pronto soltó a Cristeta, se sentó en una silla, y juntando las manos, comenzó a dar vueltas con los pulgares, como suelen hacer los que están muy aburridos.

Cristeta, discurriendo con el sublime egoísmo del amor, pensó:—«¡Pobre! ¡Tal vez se quede pobre! ¡Así será más fácilmente mío!»

—Ya supondrás—continuó él—que tendré pronto necesidad de ir, no sé aún si a Paris o a Madrid. Y luego... se acabaron las locuras.

—Pero ¿qué locuras haces?