—¿Sabes, chica, que hoy he recibido carta del agente?
—¿Y qué?—preguntó con gran vehemencia.
—Lo peor: que el día menos pensado voy a tener que marcharme.
—¿Por mucho tiempo?
—No lo sé.
Don Juan sintió posarse en sus hombros los brazos desnudos de la enamorada y oyó estas palabras, que le hicieron experimentar una indefinible confusión de miedo y de placer.
—¡Juan mío, por lo que mas quieras en el mundo, no me dejes!
¿Cómo hablar, en tal momento, de intereses?
—¿Qué va a ser de mí?—seguía ella—. No tengo miedo al porvenir. Ya sé que no me ha de faltar contrata, que tengo seguro el pan en casa de mis tíos..; pero no podré vivir sin ti. Dime que volverás, que me quieres, que eres mío para siempre.
—Vamos, mujer, no te pongas dramática. ¿No has venido solita a Santurroriaga y he tardado que sé yo cuántos días en llegar?