—Sí; pero aún no era como ahora... no éramos todavía uno de otro. ¡Venías... por lo que yo me sé!... ¡A estas alturas sabe Dios si tendré encanto ni atractivo para ti!
—No seas simple, vidita, antes te quería por lo que esperaba, ahora por lo que tengo. ¡Cualquiera diría que ir quince días a París, a Madrid, o donde sea, es una separación eterna!
Aunque continuaban a oscuras y abrazados, ambos tenían más despabilado el recelo que el deseo. Cristeta debió de notar algo anómalo en la voz de don Juan; tal vez en la tiniebla favorecedora del engaño le pareciese sospechoso su lenguaje, porque de repente exclamó:
—¡Luz, luz, quiero verte la cara!... No me beses..., déjame llorar... ¡Luz... luz!
Oyose el rápido posarse de los pies de Cristeta sobre el entarimado. Luego añadió:
—Aquí..., encima del tocador: trae tu palmatoria.
Sonó el frotamiento de un fósforo, y quedó débilmente iluminado el cuarto.
Estaba ella casi en paños menores, mas no considerando el momento propicio al amor, en seguida se vistió y calzó; arrebujose en una bata, y al ver a don Juan que volvía de su cuarto palmatoria en mano, le dijo:
—Ven, siéntate aquí; la verdad... nada te pido...
Y rompió de nuevo en llanto.