Poco a poco sus pensamientos se apaciguaron, las ideas impuestas por la realidad se abrieron paso a través del dolor exacerbado por la fantasía, y finalmente surgió la voluntad, imponiendo cordura y calma. ¡La calma, el recurso de los desdichados!
Borráronse de la linda frente las arrugas del ceño fruncido por la tristeza... ¿En qué pensaba? ¡Misterio! También los hay en la realidad, que es una gran novela.
Permaneció largo rato apoyada en la barandilla: sus labios se movían como si hablase. Por fin, transida de frío, se entró al cuarto y cerró el balcón. Entonces vio caído en el suelo un papel y recogiéndolo murmuró con desprecio:
—¡Ah, sí, el dinero!
Y quedó como ensimismada.
La mujer es poco dada a pensar; mas cuando piensa despacio, ¡pobre del hombre!
Las ropas que tenía puestas no eran lujosas; el ajuar del cuarto era mezquino, pero ella por la actitud y la expresión de su semblante, parecía una reina destronada, en el instante de concebir el irrevocable propósito de reconquistar lo perdido.
Felipe II solía decir: «El tiempo y yo para otros dos»; Cristeta, se contentó con murmurar:
«Haré lo que pueda.»