Siguen, Cristeta enamorada, don Quintín echándose a perder, y don Juan sin sospechar la que le espera
Cuando, pasados algunos días, se convenció Cristeta de que don Juan no se acordaba de ella para escribirle cuatro líneas, su tristeza rayó en melancolía. Lo primero que se le ocurrió fue romper la contrata, volver a Madrid, renunciar al teatro y resignarse a vivir en el estanco con sus tíos. Lo que no se le pasó por el magín fue buscar ni desear heredero al amante fugitivo y perdido; porque, no cabía duda, don Juan se había escapado como chico que pone pies en polvorosa después de robar la golosina largo tiempo deseada. Unos ratos esta idea hacía presa en su pensamiento, otros momentos se esperanzaba con la posibilidad de reconquistarle. Por fin, comprendió que no era cuerdo aquello de romper la escritura. ¿Con qué pretexto? ¿Qué haría si la empresa, auxiliada por el gobernador, se obstinase en obligarla a trabajar? Era forzoso seguir en el teatro.
Estaba una noche sentada en su cuarto, después de concluida la última obra en que cantaba, cuando entró a saludarla uno de sus más entusiastas galanteadores, hijo de una rica familia comercial de Santurroriaga.
—Me alegro de que venga usted—dijo ella—porque tengo que pedirle un favor.
—Usted no pide... manda. Y luego, aunque no me pague usted, yo me daré por recompensado con el gusto de haberla servido.
—Hará usted bien, porque no tengo nada que dar.
—Como usted quisiera...
—Bueno, ya sabe usted que es servicio gratuito, desinteresado, sin otra esperanza que la de que seamos buenos amigos.
—¿Nada más?
—¿Hará usted lo que yo le pida?