—De cabeza.

—Dios se lo premie. Deseo que averigüe usted, y me diga, dónde está en París una casa de banca española que se llama de Garcitola y Compañía. Vamos, las señas para poder enviar una carta.

—Pues... se me figura que en ninguna parte.

—¿Por qué?

—Porque mi padre está en relación con casi todas las casas españolas de París, y esa no la he oído nombrar nunca. Conque, si tiene usted negocios, déjese usted de semejante casa y entiéndase usted conmigo.

—¿Pero usted no lo sabe con certeza?

—Certeza, no: me enteraré, y mañana sabrá usted lo que haya, con toda seguridad.

—Se lo agradeceré a usted con toda mi alma.

—¿Nada más con el alma?

—Déjese usted de bromas: no hemos de ser nunca más que amigos.