—¿Ni siquiera me dejará usted que la bese, como la besa un compañero en escena?

—Bueno; me besará usted la mano, y entendiendo que el beso no tiene importancia ni trastienda de ninguna clase.

—Quiere decir que la besaré a usted como los chicos besaban antes la mano a los curas.

—Igualito.

A la noche siguiente supo Cristeta que ni en París ni en Madrid había tal casa de Garcitola ni solo ni con compañía: y lo peor del caso era que su adorador no mentía.

—¡Lo que yo me figuré!—exclamó ella.

—Ahora venga la mano—dijo él.

—Le advierto a usted que mi interés en saber si existía esa casa era por averiguar el paradero de un hombre...; de modo que recibiré el beso que usted me dé como quien no recibe nada. Ya ve usted si soy leal. Ahora, si usted quiere...

Aquel hombre era discreto, y no insistió. Luego, a solas, Cristeta, se quedó muy pensativa.

«Ésta ya me la tenía yo tragada. Ni quiebra... ni disgustos... ¡Todo mentira! Y, sin embargo, Juan algo siente por mí... algún cariño o principio de cariño me tiene... y miedo de que vaya en aumento, porque si no... ¡quiá! no se escapa él con semejante cobardía. No hubiera preparado las cosas con tanta astucia y con tales visos de verdad. ¡Ha sido todo tan verosímil! ¡Y a mí que me dio lástima! Lo que es bien urdido sí que ha estado. Pero ha tenido miedo, mucho miedo... Le ha faltado valor para decirme cara a cara: 'esto se acabó'. Por supuesto que ha pensado despacio en mí: el dinero lo demuestra. No me ha regalado una alhaja como quien deja un recuerdo a una mujer coqueta y vanidosa...; no, ha sido dinero, como quien dice: 'por si necesitas algo': luego su deseo no ha sido regalarme, sino que no llegue a faltarme nada. ¡Me dan unas ganas de devolvérselo! Pero... ¿cómo? Y además... no, mientras yo conserve ese dinero siempre habrá algo entre nosotros. Poco he de poder... En fin, veremos.»