A partir de entonces, Cristeta recobró aparentemente la tranquilidad de espíritu, sobre todo en el teatro y en presencia de gentes extrañas; hasta se dejó cortejar; pero con frecuencia se quedaba ensimismada, sujeta al imperio de una idea, como persona que medita y fragua un plan calculando todos los casos, incidentes y peripecias que en su desarrollo pueden sobrevenir.

Por fin un día, tras cavilar y sufrir mucho, determinó escribirle, procurando que sus palabras no acusaran despecho sino amargura. La carta, después de muy pensada, quedó con estas mismas frases y ortografía; bien es verdad que no podían exigirse superiores a quien se crió en un estanco y comenzó a vivir en un teatro de tercer orden.

«Querido Juan mío: No tengas miedo de que te aburra echándote en cara lo mal y remal que te as portado conmigo. No quiero más que decirte una cosa, y esa cosa es que no puedes tener queja de mí que e sido tonta de remate por demasiado buena, porque lo que as hecho tú no lo hace un cabayero, y, sin embargo, eres bueno y te quiero: lo que no sé es por qué te as ido así, cuando yo no te he faltado ni por soñación. También te quiero decir que no me hago ilusiones contigo, pues estoy combencida de que ni me escribirás ni arás por verme: yo, aunque te quiero con toda mi alma, ojalá no fuese la pura verdad, tampoco procuraré de que lleguemos a encontrarnos en ningún lado, porque te había de ver azorao, y no quiero que le dé bergüenza de aber se portao mal al hombre a quien yo he, querido. Ésta es también para decirte que ya sé que no tengo derecho ninguno para obligarte a nada. Figúrate cuando yo no he sabido guardarme, cómo voy a decirte por qué no has mirado por mí; los hombres sois así, y la que se fía de vosotros merece que la maten por tonta. No creas que me consuelo tan fácilmente, porque perdiéndote seme a ido toda la alegría, y no por lo que tú te figurarás, sino cuando estoy sola, muy sola, es cuando te echo de menos, porque las cosas que me decías parecía que me querías. En fin, esto se acabó, y no soy nada para ti, y te deseo que seas muy feliz con la que busques, pero para mí se acabaron los hombres. Lo mucho que te he querido Juan mío, no me ha dejado nada para otros. En fin, adiós Juan, y disimula que haya sido tan larga; pero no lo puedo remediar, porque estoy yorando. Ya sé que tú no me querías, y me engañabas y mentías al revés de esta que te a querido y no te a engañao nunca tu

CRISTA.

PORDATA: Te doy las gracias por el dinero que me as regalado. La primera intención que me dio fue debolvértelo, porque yo no lo he echo por el interés; pero me lo guardo por si algún día lo necesito, que lo sacaré pensando que me lo a dado el único hombre de quien yo puedo tomarlo sin que me dé vergüenza, porque siempre te he mirado como si fueras mío de beras, aunque ya sabía yo que todo esto era por pasar el tiempo. En fin, adiós por última vez, y que la Birgen te perdone, que yo no te deseo mal ninguno. Cuando te as ido así, es que no volverás nunca.»

La letra era torpe y temblorosa; algunas palabras estaban medio borradas por las lágrimas que habían caído sobre el papel, mezclándose a la tinta fresca.

Aunque don Juan se lo dejó encargado, no quiso dirigirle la carta a París-Poste Restante, y deseosa de que no se extraviara se la remitió a don Quintín, cerrada, y acompañada de otra para él, en que le decía lo siguiente:

«Querido tío: Ésta es para decirle a usted que le mando por Fernández, como el mes pasado, dieciséis duros para ayuda de la casa, y para que vean ustedes que no soy descastada, porque lo que yo pueda ganar ustedes lo an echo. También ba con ésta otra carta para el señor Todellas, y ará usted lo que yo le digo, ya le diré a usted por qué cuando nos veamos, que será pronto, porque aquí llueve y se acaba el berano, y se va la gente y el teatro anda perdido esta quincena. Yo no me voy antes por no pagarme el biaje de mi bolsillo, y con la compañía no. Pues con la carta azjunta ará usted lo siguiente: irá usted a su casa, preguntará usted en dónde está y sus señas, y, si no lo dicen irá usted al casino, y sino lo preguntará usted como pueda, y enviará la carta certificada con lacre, como cuando se manda dinero. También se me ocurre la idea de que pregunte usted a los periodistas que iban por el teatro, y no deje usted de hacerlo, que va se lo explicaré a usted todo, y no quiero que sepa nada la tía, y usted me escribirá enseguida. Sin más por hoy que me digan ustedes enseguida si han recibido ésta. Muchos recuerdos para usted y besos para la tía de ésta su sobrina que les quiere mucho y berles desea,

CRISTETA MORERUELA.»

*
* *