—Aquí es—dijo Inesilla al llegar, cediendo el paso a la señorita.
«La Virgen me ayude»,—pensó Cristeta, que iba muy preocupada.
Entraron: al fondo, bajo cobertizo, había varios coches; a la derecha una gran cuadra; a la izquierda, un cuartito con una mesa, sobre la cual se veían un tintero, varias plumas y dos gruesos cuadernos: era el sitio donde Inés ayudaba a su marido tomando apuntación de los encargos y reclamaciones.
Manolo, que estaba esperándolas, salió a recibirlas, y como lo tenía todo hablado con su mujer, en seguida se entendió con Cristeta. A cuanto ella decía contestaba:
—Con usted no quiero ganar; en no perdiendo, lo que usted mande; como que es usted más buena que el pan.
Al despedirse estaban de acuerdo.
Cristeta e Inés quedaron juntas en el cuartito; la segunda decía:
—Con la Jesualda no estará usted mal; es formalota y no tiene mala vecindad; abajo, una viuda y su hija que cosen para el corte; en el segundo, una tal Mónica, que tiene huéspedes de medio pelo, ¡figúrese usted en aquel barrio qué huéspedes ha de haber!; arriba, un militar retirao que vive con una que dicen si es sobrina u lo otro; y en el sotabanco, la madre del niño y la sobrina, que ahora las llamaré. Toda esta gente en lo interior; la parte que tié vistas a la calle, ya lo sabe usted, es de los señores dueños de la casa. Lo prencipal es que yo estoy cerca, y si se pone usted mala no ha de faltarle ná. Yo no acabo de hacerme cargo de lo que usted prepara; en fin, cuando usted lo hace, sus motivos tendrá. En cuanto a mi Manolo... es callao, no lo sabrá ni la tierra, y como él arree un cabayo..., ya puén golverse locos los que la busquen a usted.
En seguida llamó a la mujer de un mozo, la cual se presentó a los pocos momentos acompañada de una sobrina, de dieciséis años, graciosa, esbelta, vivaracha, al parecer muy inteligente, y que traía de la mano a un niño de dos años. Aunque desarrapado, sucio y mocoso, el chiquitín parecía un angelito. Muchos lores ingleses hubieran dado sus bosques de Escocia y sus rentas de la India por ser padres de un muñeco como aquél. La chiquilla tenía trazas de descarada.
Cristeta habló en voz baja con ella y con su tía. Ésta dijo: