—Ya má enterao la señá Inés de lo que usted desea. No hay deficultad, mayormente. De cuartos, lo que diga la señá Inés, porque yo la debo el pan... La chica es ésta..., ya la ve usted, ¡más lista!, parte un pelo en el aire, como que la querían en un taller ir a la cobranza de cuentas atrasás a las señoras que no pagan..., y el niño, aunque sea mío..., velay que paece un capuyo de rosa. Por supuesto, que ha de dormir en mi casa.

Cristeta cogió al niño, hízole fiestas y, mirando a la sobrina, preguntó:

—¿Cómo te llamas?

—Julia, para servir a Dios y a ustéz.

—Bueno, pues tú y yo hablaremos despacio. ¿Harás todo lo que te mande?

—Ya lo verá ustéz; todo.

Intentó Cristeta dar a la muchacha instrucciones detalladas, pero la tía interrumpió la explicación, que amenazaba ser larga, con estas palabras:

—Eso mañana, en su casa de ustéz, o lo que es lo mesmo, en la nuestra, porque va le habrá esplicao a ustéz la señorita Inés que nosotras vivimos encima de doña Jesualda, en el sotabanco. En cuanto a la chica, es obediente, espabilá y tóo lo ha de hacer a satisfación.

—Entonces, asunto concluido—dijo Inés.

Luego acompañó a la señorita hasta el centro de Madrid, donde cerca del estanco se separaron. Cristeta siguió sola, tan ensimismada, que ni siquiera se fijaba en que, a pesar de lo humildemente que iba vestida, los hombres se la comían con los ojos.