Por fin, una tarde, cuando don Juan iba por frente a la Cibeles, dirigiéndose al Retiro, vio a la niñera sola con el chico. Buscó con las miradas a Cristeta; pero en balde, y se dijo: «Ésta es la mía.»

La niñera era pequeña, menudita, lista, graciosilla y achulada; un aperitivo o un hors d'œuvre, si don Juan no tuviese puesto en más alta empresa el pensamiento. La chica, llevando al pequeñín de la mano, se dirigía hacia la parte del Prado donde paran los cochecillos tirados por cabras o burritos para recreo de niños. «Bueno—pensó don Juan—; luego vendrá la madre a buscarles.» Una hora fue siguiéndoles a larga distancia y gruñendo entre dientes: «¡Que haga yo esto!»

Las cinco; Cristeta no viene y la niñera endereza los pasos hacia la Carrera de San Jerónimo; don Juan no aguanta más y, colocándose junto a ella, le habla de este modo:

—Cuerpo bonito..., ¿vamos de retirada? Parece que hoy no ha salido la señorita.

—¿Y a usted qué se l'importa?

—No te atufes, mujer; cuando te lo pregunto, por algo será.

—Es que yo no sé quién es ustéz.

—¿Crees que te voy a comer?

—Ya... como que no soy hierba...

—¡Qué mal genio tienes y que reguapa eres!