Don Juan sacó del bolsillo del chaleco cuatro monedas de a veinte reales y quiso ponérselas en la mano.

—¿Va usted a comprar la barandilla del Prao?

—Toma, mujer.

Ella hizo un movimiento como para alargar la mano; pero de repente se echó hacía atrás esquivando el cuerpo y diciendo rapidísimamente:

Quitesusté pa un lao que viene el coche con la señora...—y en voz baja, muy baja, añadió—: Agur, hasta otro día, cuando me vea usted sola.

Don Juan, iluminado de súbita inspiración, repuso también muy aprisa:

—Aquí mismo, a esta hora, la primera tarde que llueva. No te arrepentirás.

Julia no había mentido. La berlina bajaba echando chispas por la Plaza de las Cortes. El cochero, al ver a la niñera, detuvo; abrió Cristeta desde dentro la portezuela y subió la chica con el nene.

*
* *

Como si el diablo fuese ordenador del tiempo en perjuicio del amor, tardó bastantes días en llover, con lo cual don Juan comenzó a desesperarse; tanto, que pensó en dar un golpe decisivo para inquirir dónde vivía Cristeta. Pensó primero en que lo averiguase Benigno, su ayuda de cámara; pero Julia era guapa, el hombre podía encapricharse... Resolvió hacer la diligencia por sí mismo.