—¿Por qué lo dices?
—Yo pienso traerle un médico mejor que el vuestro.
—¿Quién?—preguntó Pepe, sospechando la respuesta.
—El Santo Viático.
—Eso le asustaría mucho y no le aliviaría nada; por consiguiente abstente de ello. Bastaría hablarle de esas cosas para que se muriera de terror.
—Cuando lo crea necesario, haré lo que me dicte mi conciencia.
Acercósele entonces Pepe y, poniéndole duramente la mano sobre el hombro, entrecortadas las palabras por una risa que era toda ira, repuso:
—¡Líbrete Dios de semejante brutalidad! ¿Lo entiendes? No respondería de mí. Papá sufriría una emoción que acaso le costara la vida... y podría olvidárseme que eres mi hermano.
—Cada cual cumple su deber como lo entiende.
—¿Sí? Pues date por avisado: al Santo Viático, al granuja que lleva el farolón y a tí... os tiro escaleras abajo.