Las palabras, contenidas por el temor de despertar a los viejos, sonaban como sofocadas, ahogando la prudencia las entonaciones de la ira. Tirso, a pesar de su carácter impetuoso, sabía contenerse mejor; a Pepe le temblaba la voz en la garganta; aquél, tranquilamente sentado ante la mesa, jugaba con las cuentas del rosario; Pepe sentía afluir a los labios todos los temores que abrigaba su alma. La lámpara, a cada instante menos luminosa, iba quedando vencida por las sombras. Sólo se oía hacia la parte del gabinete el quejido metálico de los rodajes del reloj, y un silencio sepulcral reinaba en el espacio a cada interrupción del diálogo. Diríase que los objetos escuchaban.

—Has vivido siempre apartado de nosotros—prosiguió Pepe—y no sabes que el amor que une a los tuyos es más fuerte que el delirio de vuestra fe. La solicitud con que nos atendemos, es mayor que el celo que os inflama. No nos convencerás nunca de que las llagas de Cristo deben dolernos más que las piernas enfermas de mi padre.

—Tu padre morirá, y las sagradas heridas continuarán, por los siglos de los siglos, manando raudales de divina gracia. Y a propósito de padre, yo también quería hablarte de él, porque sé lo que tiene. He conocido un señor que padecía lo mismo: eso es gota.

—Es verdad; pero te advierto que se le está ocultando por no afligirle: le hemos dicho que es un simple reuma.

—Poco será el alivio que halle, si hay alguno posible.

—Mayor razón para que no se le atribule inútilmente. Es tarde: ¿quieres algo?

Vaciló Tirso unos instantes, cual jugador que teme aventurar la partida, y después, mirando a su hermano de frente, le preguntó:

—¿Crees haber hecho todo lo que debéis a su estado?

—Nada le falta: pagamos un médico acaso superior a nuestros recursos; mamá o Leo van en persona a la botica; no se escatima receta, por cara que cueste; con la mayor puntualidad se le da cuanto ha de tomar... y lo que vale más, respira una atmósfera de ternura y cariño que echarán de menos muchos más afortunados. Ahora tengo esperanzas de poder sacarle a paseo algunas tardes en un simón.

—Es natural; los que sólo creen en las cosas del cuerpo, no acuden a las del alma.