—Echa la cuenta: de los tres hijos que nos quedan, es el mayor; nació el año de 38, tiene ahora treinta y cuatro; luego va éste (por Pepe), que tiene veinticuatro, y esa (por Leocadia), que cumplirá pronto diez y nueve.
—Si hubieran vivido los otros, serían siete, y a todos los he criado yo—añadió con cierto orgullo la madre—menos a Tirso. Ahora, por vez primera, vamos a vivir juntos.
—¡Ojalá vivamos en paz!—dijo Pepe.
—¡Ave-María Purísima! ¡Qué cosas tiene este hermanito que Dios me ha dado!
—Lo digo en serio, y no me importa que lo sepáis. Tengo miedo a la venida de Tirso; la deseo y la temo.
Don José callaba tristemente; aquello no le agradaba; pero desde que se supo la próxima llegada a Madrid de su hijo mayor, tenía el alma combatida por los mismos presentimientos que agitaban a Pepe, y escuchándole hablar, le parecía oírse a sí propio.
—Por nuestra parte—prosiguió Pepe—nadie ha de turbar esta armonía. Aquí, lo has visto desde que nos conoces, Millán, mis padres viven para ésta y para mí; nosotros para ellos. Estos muebles, que tienen más años que yo, no han oído nunca una disputa ni la menor falta de respeto. Leocadia y yo tratamos a los viejecitos con más mimo que chico a juguete nuevo. ¿Sabes por qué? Porque no nos hemos separado nunca, ni nos hemos acostado una sola noche sin besarnos, ni ha tenido uno dolor que no lo sea de los demás, ni ha callado ninguno una alegría, ni ha comido nadie un bollo sin guardar a los otros, ni se ha hecho un traje sin pensar cuánta ropa tenía cada uno; en una palabra, chico, nuestras ideas, en mí por convicción, en mis padres y en ésta por bondad, lo han supeditado todo al cariño, atesorándolo día por día y hora por hora, sin mezcla de egoísmo, sin compartirlo con nadie... (A don José se le humedecían los ojos de gusto.) Y ahora vendrá Tirso, educado lejos de nosotros, hecho un hombre... y le recibiremos con los brazos abiertos. Por mi parte, estoy deseando que llegue: a más cuidados tocará papá cuantos más seamos en casa. Pero... ¡sabe Dios!
—No hay pero que valga; parece que se te queda algo dentro del cuerpo; pues es tan hermano tuyo como ésta, que yo misma os he parido a todos.
—No entiendes lo que he querido decir, mamá. Para nosotros todas las dichas de la tierra están dentro de estas paredes; podemos, o procuramos dárnoslas unos a otros. Cuando venga Tirso le oirás hablar de distinto modo, y verás cómo hay en él alguna aspiración, alguna idea que sobrepuja al cariño que nos tenga.
—Vaya, ¡ya pareció aquello! las ideas de ahora; calla, hijo, calla.