—Al tiempo, madre, al tiempo.

Habían concluido de cenar. Los ruidos de la calle inmediata iban cesando poco a poco; percibíase más claro el lejano campaneo de alguna iglesia, que anunciaba la Misa del Gallo; los chicos de las latas de petróleo seguían pasando de rato en rato por la calle Imperial, y de los otros pisos de la casa subían, a intervalos desiguales, cantares, villancicos, carcajadas, gritos y algún maullido de gato que estaba toda la noche oliendo besugo sin comerlo.

—Quitaremos la mesa—dijo doña Manuela, y comenzó por guardar para don José lo poco que quedara de la perada y del turrón.

—¿Quiere Vd. que le acostemos entre ese y yo?—preguntó Millán al enfermo.—Van a dar las doce; en vilo le llevaremos a Vd. a la cama.

Como antes hicieron doña Manuela y Leocadia, Pepe y Millán fueron empujando la butaca desde el comedor al gabinete en cuya alcoba dormía don José; Leocadia se quedó doblando el mantel y las servilletas. Un momento después, don José se despedía desde dentro diciendo a Millán, que había vuelto a salir al comedor:

—Si hay noticias, ven mañana, ¿eh? y tráeme algún periódico, que es la única distracción que tengo.

—Descuide Vd., no faltaré. Adiós, doña Manuela; que pasen ustedes buenas noches, y de hoy en un año. Adiós, Leo. ¿Quién hace el favor de bajar a abrirme?

La muchacha, que dormitaba en la cocina, acompañó a Millán. Cuando subió de abrirle la puerta de la calle, estaban los dos hermanos sentados en el comedor junto a doña Manuela.

—Esperemos a que papá se duerma—decía Leocadia—no sea que nos oiga.

Dejaron pasar un rato; Leocadia destrenzó mientras tanto el escaso pelo a su madre, recogiéndoselo con un par de horquillas, y luego hizo lo mismo con sus largos rizos castaños. Pepe encendió un pitillo y examinó la lámpara, como quien ha de utilizarla hasta tarde, para que luego no faltara petróleo.