—Esté Vd. tranquilo. Soy de las que animan y alientan cuanto se proponen ustedes. Está Vd. en casa de una amiga. Y ahora diré a Vd. que nada de eso me es ajeno, y que tengo costumbre de honrarme con la amistad de los que se consagran a tan glorioso servicio, es decir, que aunque sólo fuera por esto, le hubiera llamado a Vd.; pero es el caso que, además, vamos a tratar de otro asunto.
—Mande Vd.
—Usted tiene un hermano que está en relaciones amorosas, honradas, por supuesto, con una señorita, casi parienta mía, que se llama María Paz de Ágreda...
—No lo sabía... o, mejor dicho, ignoraba quién era ella.
—Yo, en cambio, sé mucho más. El padre de esa señorita es un caballero bastante rico, que, por cierto, no ha educado a la niña como debiera; pero esto no hace al caso. Lo importante es que Vd. va a prestar un buen servicio a intereses sagrados.
—Pero, ¿qué tiene esto que ver con mi hermano?
—El padre de esa señorita Paz posee cerca de los Cuatro Caminos, fuera de la puerta de Fuencarral, unos solares, lindando con los cuales está edificando su nueva casa una comunidad, que acaso todavía no conozca usted, y que el vulgo ha comenzado a llamar las Hijas de la Salve. Pues bien; esta hermandad desea comprar parte de la tierra que es propiedad de don Luis, a lo cual se niega él resueltamente: todos los esfuerzos, todos los ofrecimientos han sido inútiles.
—¿Y qué puedo yo en el asunto?
—Mucho: piense Vd. que se trata del servicio de una fundación religiosa... Vamos a concretarnos a lo esencial. ¿Está Vd. dispuesto a favorecer los deseos de los que protegen a esa comunidad? Responda Vd. francamente.
—Sí, señora, si realmente se trata de una comunidad religiosa.