—Hace Vd. bien; las cosas claras. Vamos a otro punto. ¿Tiene Vd. medios de hacer que su señor hermano influya en el ánimo de la niña, para que ésta a su vez procure que su padre deje de ser hostil al engrandecimiento de la comunidad?

—No, señora; no tengo medio alguno para lograrlo; y ya que Vd. me honra buscándome para una cosa tan de mi gusto, quiero ser leal con Vd. Mi hermano y yo estamos medio reñidos: es liberal, ateo, en fin, está dejado de la mano de Dios. Cuando yo llegué a Madrid a vivir con mis padres, encontré la casa en un estado... impiedad, olvido de lo más sagrado... Yo quise...

—No se moleste Vd. en contármelo: estoy enterada de todo.

Tirso, con los ojos desmesuradamente abiertos por el asombro, preguntó:

—¿Entonces?...

—Se trata de saber si, a pesar de todo eso y contra los obstáculos que se presenten, se decide Vd. a servirnos.

—¡Eso sí! pero ignoro cómo.

—Si su hermano de Vd. se casara con esa señorita..... si nosotros lo facilitáramos.....

—No hay que pensar en ello, señora. Mi hermano es un fanático descreído; a su falta de fe llama convicción honrada: sería capaz de echárselas de mártir de sus ideas y renunciar a la chica antes que aceptar el trato.

—¿Está Vd. seguro de esa energía?