—¡Ojalá no lo estuviera!
—Piense Vd. que nos sobrarán medios, toda clase de protección.
—Imposible.
—Entonces habrá que tomar otro camino. Es preciso averiguar si esa señorita está realmente enamorada de su hermano de usted, y necesitamos poder calcular lo que ella haría viéndose abandonada por él.
—No entiendo lo que Vd. se propone.
—Hablaré sin rodeos, señor Resmilla. Si el novio se allanara, y sería lo mejor para todos, a vender en buenas condiciones a la comunidad el terreno que ésta desea cuando entrara en posesión de la dote, nosotros haríamos la boda.
—Ya he dicho a Vd., y perdone que insista, que eso es imposible.
—En tal caso, hay que colocar a la pareja en condiciones de ruptura y conseguir una de estas dos cosas: que ella imponga a su padre su voluntad, es decir, la nuestra, o que, desengañada del amor, piense en dichas más puras, en vida más tranquila.
—Comprendo.
—Con lo cual, señor Resmilla, lograríamos doble resultado: para el Señor la conquista de un alma; y para nuestro propósito la posesión de una voluntad, dueña, en plazo más o menos breve, de lo que desean poseer las Hijas de la Salve.