—Perfectamente.
—Considerado así el asunto, Vd., ¿qué cree que debamos hacer?
—Que mi hermano riña lo antes posible con la novia, y luego manejarla a ella.
—Eso es expuesto. Si está enamorada de veras, corremos dos peligros muy grandes: primero, la dificultad de separarles; y segundo, que si su pasión no es verdadera, al perder éste se arroje en brazos de otro amor.
El cura no pudo contenerse.
—Señora, ¡cuánto sabe Vd.!
—Crea Vd., señor Resmilla, que para servir a Dios hay que pensar en todo. Vamos, ¿qué le parece a Vd.?
—En mi opinión, lo esencial es que riñan; y después dirigir bien a esa criatura.
—¿Quiere Vd. encargarse de ello? Piense usted que se trata de una verdadera obra de caridad y que, además, las Hijas de la Salve no olvidarán lo que Vd. haga por ellas.
—Yo no hago nada interesadamente.