—¡Esta es una familia podrida!—prosiguió el cura—así estáis, así os veis, necesitados, pobres, desamparados, dejados de la mano de Dios; tú, trabajando en esa imprenta como un gañán, y Vd. (dirigiéndose al padre) ahí clavado en una butaca, con el castigo del Señor encima.
—¡Hijo mío, líbreme Dios de suponerle tan mezquino que sea capaz de castigarme con reuma por ser progresista!
—¿Reuma?—exclamó Tirso, sonriendo bárbaramente.—¡Reuma! ¡No tiene Vd. mal reuma! Gota, y de la fina, es lo que tiene usted.
El infeliz escuchó con indecible espanto la brutal revelación. Primero quiso incorporarse, sin saber a qué; pero no pudiendo sus manos crispadas sostenerle en los brazos del sillón, cayó de golpe en el asiento; luego miró estúpidamente en torno, y por sus mejillas resbalaron dos lágrimas.
A Pepe se le asomó el furor a los ojos; sintió impulsos de abalanzarse a Tirso y destrozarle la cabeza a puñadas. La presencia de doña Manuela y Leocadia evitó una cosa horrible; Pepe, conteniéndose al mirarlas, se limitó a decir a su hermano, con la voz engañosamente tranquila, pero llena de energía:
—¡Vete! Soy capaz de matarte.
—Lo creo—repuso el cura, procurando aparentar serenidad y dirigiéndose hacia su cuarto muy despacio.
—¡No!—le gritó Pepe—¡no, infame; a tu cuarto no, a la calle!
Doña Manuela, que sin atreverse a proferir una sola palabra se había interpuesto entre ambos, miró entonces a Pepe como no le había mirado nunca, y con un vigor de que jamás dio señales en su vida, le dijo:
—¡Basta!