—Entonces lo destruiremos todo y no dejaremos vivo ningún liberal... ¡masones indecentes!
Estaba ya fuera de sí; la ira, contrayendo sus facciones angulosas, dio a su rostro dureza extraordinaria, y los ojos se le inyectaron en sangre. Nunca le habían visto tan furioso.
—¿Vais a reñir por política?—gritó doña Manuela.
Pateta estaba arrepentido.
Pepe, por evitar que la cosa pasase adelante, trató de bromear, diciendo:
—Vaya, hombre, cálmate; otro día puede que entren en Estella o que asomen por Chamberí.
Tirso, interpretando aquello como befa por la derrota, se enfureció; levantose de pronto con el rostro desencajado, fue hacia el mapa, trémulas las manos, y cogiendo tres o cuatro banderizas carlistas, dijo, clavándolas en el papel con grosera violencia:
—¡Sí! ¡Entrarán aquí, y aquí, y aquí!
Los alfileres marcaron al azar varias poblaciones; Estella, Pamplona y Madrid quedaron conquistadas. Don José no se atrevió a chistar; Pepe soltó una carcajada.
—¡Qué fuerte te da!