—Como que su defensa es el origen de la guerra.
—Y así, a trabucazos, se hace propaganda de mansedumbre y caridad. Ordenadas esas infamias por militares, no tendrían disculpa; ¡conque figúrate siendo clérigos los autores!
—Se miente mucho.
—¡Desgraciadamente, hijo mío—interrumpió don José—no son exageraciones! Esos curas de canana y retaco, son iguales a los de la otra guerra. Aún recuerdo yo lo que hicieron don Basilio y Orejita, que eran dos cabecillas, el año 36 en la Calzada. Cerca de ciento veinte personas sacrificaron, hasta mujeres y niños, y ¿sabéis quién sirvió de ojeador? el prior de la Calzada. Los carlistas atacaron el pueblo, los nacionales se refugiaron en la torre de la iglesia, y entonces aquéllos la incendiaron: un nacional que se descolgó por una ventana, pudo correr al caer a tierra, pero le vio el prior y comenzó a gritar: ¡a ese conejo que se escapa! ¡cazarle! y le mataron. Por supuesto, que el tal prior era una fiera. Con pretexto de parlamentar se acercó a la torre, y estuvo dando conversación a los sitiados hasta que los suyos arrimaron a las puertas astillas y sarmientos: cuando estuvo encendido el fuego, paró de hablar. Todos los que estaban dentro ardieron como estopa, y cuando el prior oía el llanto de las mujeres y de los niños, decía el muy bruto: ¡Bien templado está el órgano!
—¡Parece mentira que crea Vd. esas paparruchas!
—¿Y lo que está haciendo por ahí ahora ese cura, cuyo nombre es un escarnio?
—Ya tendrá él cuidado de no matar a buenos cristianos: sobre todo, ¿pensáis que se puede guerrear con sensiblerías?
—No digas disparates, hijo; me moriría de pena si supiera que eras de los clérigos que disculpan esas atrocidades.
—Le gustarán a Vd. más los que se cruzan de brazos y dejan que les persigan y conviertan las iglesias en cuadras y los altares en pesebres.
—Eso no se ha hecho todavía—dijo Pepe;—pero, no te quepa duda, si los curas siguen el camino que han emprendido, el pueblo confundirá a los representantes con la cosa representada, y entonces...