—Si una imprudencia nos costara no volver a vernos, ¿quién saldría perdiendo?
—Yo, que te quiero con toda mi alma—dijo Paz con la mayor viveza.
Callaron unos instantes: él tornó a cogerla la mano, por cima de la mesa, sintiendo un placer tranquilo y grato, como si el calor que se desprendía de su piel le llegase al alma sin pasar por el cuerpo, y luego se levantó, yendo a ponerse de pie a un lado del balcón, más cerca de ella.
—No, no; anda a tu sitio.
—Déjame a tu lado un minuto.
—¡Cómo me gusta entrar aquí cuando estás trabajando!... Me parece que ya eres mío. Los días que no vienes también suelo entrar alguna vez, para fingirme que vivimos juntos... y estabas aquí... y que ibas a volver en seguida.
—¡Qué lejos está eso!
—Mientras me quieras, no importa.
—¿Sabes, Paz, que parecemos tontos?
—¿Por qué?