—Sí: tú, tonta; yo, malo. Nos estamos haciendo ilusiones: esto no puede acabar bien.
—¿Te gusta otra más que yo?
—¿Y el tiempo? ¿Y tu padre?
—Ni mi padre, ni los años, podrán separarnos.
—Eso es muy bonito y muy romántico; pero la realidad se nos echará encima, y ¡qué amarga!
Pepe la había rodeado la cintura con un brazo.
—Sí, ¿eh? quéjate ahora de la realidad—dijo ella, procurando desasirse.
—¿Te ofendes?
—No; pero... no está bien.
No estaba bien, pero lo toleró.