—Tendrás que armarte de paciencia: por ahora, es imposible complacerte el capricho.
—Es necesidad.
—Pues igual que si no lo fuera. Ya sabes cómo estamos...
—Saldré desnuda a la calle.
—No: te quedarás en casa, y así harás compañía a papá.
—Ya estoy cansada de miserias—replicó con gesto avinagrado, dando a sus ojos una expresión de insolente desenfado que jamás tuvieron.
—Pues ahora empiezan.
—Veremos quién las sufre: tú eres el hombre de la casa... conque busca el remedio. Si no... a mí no me ha de faltar.
Pepe no pudo sufrir aquel lenguaje, enteramente nuevo en labios de su hermana.
—Pero, ¿eres tú quien habla así? ¿Se te ha podrido el corazón?