—Vaya, vaya; menos sensiblería, y trae cuartos a casa, que eso es lo que hace falta.
Esta actitud de Leocadia, su exigencia, descaradamente manifestada, y aquel despego junto con el afán de salir, hicieron sospechar a Pepe que la manía devota fuese encubridora de próximos y mayores males.
XXVI
—Me había propuesto—dijo una noche en la imprenta Millán a Pepe—no hablarte de ciertas cosas, porque me duele recordar lo pasado; pero es necesario que sepas lo que te voy a contar, para que estés advertido. Si no andas listo, a los disgustos de ahora tendrás que añadir otros, y de peor índole.
—¿Qué quieres decir?
—Es necesario... que vigiles a tu hermana.
—¡Millán!
—No nos enfademos; ten calma.
—¡Eso es despecho!
—Te hago un verdadero favor avisándote; conque escucha y serénate, que te conviene: si callo, tú serás quien salga perdiendo. Y me alegro que hayas soltado esa palabreja: no hay tal despecho.