—Sigue.
—Uno de esos señoritos está buscándole las vueltas a Leo.
—¿Estás seguro de lo que dices?
—¿Puedes suponer que me hubiese metido en esto si no lo estuviera?
—¿Cómo lo has sabido?
—Esa cofradía ha mandado imprimir unos reglamentos en casa de Lozano, donde yo estuve ayer; él tiene prisas, me ha pedido que le hagamos aquí la tirada, y con este motivo, estuvo hablándome de esas Hijas de la Salve, y me lo ha contado todo. Lozano es hombre formal, incapaz de mentir, y, vamos, son cosas que no se inventan. Él ha ido allí varias veces y ha visto a Tirso, y a tu madre, y a Leocadia hablando, muy entusiasmada con varios señoritos.
—¿Y en particular con alguno?
—No lo sé; pero ¿qué importa? No te hagas ilusiones; tu hermana es honrada, todo lo que quieras... pero ya puedes figurarte lo que buscarán esos caballeretes.
Pepe quedó pensativo; involuntariamente se acordó de Paz, de la desigualdad que le separaba de su amante y de que, sin embargo, aquel amor no podía ser más sincero ni honesto. Lejos de ocultar a Millán sus ideas, le dijo:
—Y si yo hablo con ella, ¿qué caso ha de hacerme mi hermana? Puede decirme que también yo estoy en amores con una mujer superior a mi clase.