—Calla hombre, no compares: ¡buena diferencia! La malicia está generalmente en el hombre; y siendo tú como eres, tu novia es para tí sagrada. Lo otro es distinto: la atacada es la parte débil... y, en fin, con estar avisado y ser cauto, nada pierdes. Por interés mío no te hablo: no he vuelto nunca a imaginar que yo pudiese tener nada con ella. Además, ya sabes que estoy con Engracia.

—Tienes razón.

—A estar yo en tu pellejo, lo primerito que hacía era prohibirla que volviese.

—Se arma en mi casa la de Dios es Cristo.

—Pues chico, que se arme; pero pon remedio.

—¿Tendrás medio de averiguar?...

—¿Qué más quieres saber? ¿No te digo que andan tras ella sin que les rechace? ¿que se ponen a charlar con ella en cuanto llegan? Por supuesto que, según Lozano, la mitad de las señoras van allí a eso. En la puerta hay una de carruajes que no se puede pasar, y todo son miradas, frases cambiadas como al descuido, darlas el brazo hasta los coches, en fin, como los domingos a la entrada de las iglesias de moda.

—¡Y para eso dejan solo a mi padre! ¡Te juro que lo evitaré!

Hablaron después de otros asuntos; pero Pepe no podía fijar en nada la atención. Iban ya a separarse, cuando Millán le dijo:

—Ahora voy a pedirte yo un favor.