—¿Todos?
—Todos.
—Pero, ¿y mi padre?
—Toma, el pobre señor arriba. Como usted entró corriendo... no le dije ná. La señora, don Tirso y la señorita salieron a cosa de las cuatro, diciéndome que tuviera cuidao... y hasta ahora. ¡Figúrese Vd. qué iba a cuidar! Si me hubieran dao el picaporte... quié icir que podría haber subido por si el señor nesecitaba algo.
—¿De modo que está solo arriba desde las cuatro?
—Cabalito.
Iban a dar las nueve: hacía más de cuatro horas y media que el pobre anciano estaba solo, como perro enfermo abandonado en un desván. Aquello era ya demasiado. Pepe, procurando no perder la calma, a pesar del enojo que le dominaba, sintió la necesidad de cerciorarse de que nada le había sucedido a don José. Lo primero que se le ocurrió fue hacer saltar de un bastonazo el ventanillo y llamarle, por tranquilizarse escuchándole contestar; pero desde el sitio donde solían ponerle la butaca, junto al balcón del comedor, era difícil que oyera: hablarle desde las ventanas de los vecinos que daban al patio, también era inútil; y mientras rápidamente lo concebía, la imaginación le presentaba a los ojos a su padre postrado en la butaca, silencioso, triste, en cruel soledad toda la tarde. Salió a la calle para buscar quien descerrajase la puerta, tan excitado el ánimo contra su madre y sus hermanos, que casi deseaba no verles llegar para que apareciese más justificado el tropel de ásperas reconvenciones y palabras duras que se le venían a los labios.
—Mialos, mialos, por donde asoman—dijo de pronto la puntillera.
Venían por el arco que da a la Plaza Mayor: doña Manuela, agitada, llevando alguna delantera a sus hijos y con el picaporte en la mano; Tirso, de hábitos y recientemente afeitado, detalle de aseo raro en él; Leocadia lucía puesta la mejor ropa que le quedaba, y a falta de primores en el traje, se había hecho un peinado muy llamativo. Pepe se adelantó al encuentro de su madre.
—Se nos ha hecho un poco tarde—dijo ella, adivinando el estado de su hijo.