Él la quitó violenta, casi brutalmente la llave de la mano, tratándola por vez primera sin miramiento, y penetrando en el portal echó escaleras arriba. Abrió precipitadamente la puerta del cuarto y llegó al comedor.
Don José estaba inmóvil en el sillón, oprimiéndose la frente con un pañuelo ligeramente manchado de sangre: sobre una mesa inmediata había una bujía y una caja de fósforos. Sin preguntarle nada, adivinó Pepe lo sucedido: al anochecer debió intentar encender la vela, y al querer alcanzar los fósforos, se cayó. El quedar la palmatoria y las cerillas al alcance de su mano, demostraba en la madre y los dos hijos propósito de regresar tarde, aunque esperasen llegar antes que Pepe; pero sucedió lo contrario. La herida de don José era insignificante, mas la vista del pañuelo manchado de sangre puso a Pepe fuera de sí.
—Nada me sorprende de tí; eres cura—dijo encarándose con Tirso, al par que examinaba a su padre la frente—pero, ¡vosotras!...
—Hijo, no creí que fuese tan tarde.
—¡Parece que ya no eres mi madre! Tú—añadió dirigiéndose a Leocadia—no volverás a salir sin permiso mío.
—Ordeno y mando. ¿Sin permiso tuyo? ¡Tiene gracia!
Su voz tomó inflexiones de burla provocativa: Pepe, sin dejar de limpiar con cuidado la poca sangre que don José tenía ya casi seca en el nacimiento del pelo, repuso enérgicamente:
—¡No! no saldrás sin permiso mío. Ya que es preciso, lo diré claro, hablaré como nunca me habéis oído hablar. Las circunstancias me han hecho jefe de la casa; cuanto aquí entra, lo traigo yo; yo soy quien trabaja, quien se desvela porque no nos muramos de hambre, y no consentiré que nadie, ¿oyes, Tirso? no toleraré que ningún extraño me robe mi autoridad. Entendedlo bien... yo, con lo que gano, tengo de sobra para mí; si no se me obedece, soy capaz de abandonaros a todos.
A pesar de tener tan sorbida la voluntad por el cura, en una sola frase resumió entonces doña Manuela los buenos sentimientos de Pepe, diciendo:
—¡Eso sí que no lo creo! ¡eres incapaz de ello!