—No entremos en apreciaciones: ¿a qué reñir? Tú puedes hacer lo que te acomode: déjalas a ellas que vivan como han vivido siempre; yo me encargo de encarrilarlas otra vez y de que esta casa sea lo que fue.
—Desbaratando lo poco que llevo hecho.
—Comprendo que, por tu estado, has de intentar ciertas cosas... Mira, no es posible que discutamos, porque no nos entenderemos; pero te haré una reflexión, nada más que una. Me parecería disculpable que hubieses tratado de que fueran a misa, hasta de que se confesasen; pero, chico, lo que sucede es horrible. ¿Es o no es verdad que mi padre está hoy aquí peor que en un hospital?
—¿Qué culpa tengo? Lo que ocurre es que las he hecho ver lo infame, lo horrible del olvido en que tenían a Dios, el peligro que corrían de condenarse y de que se condene nuestro padre: han comprendido que me sobraba razón, y han puesto el remedio.
—De modo que lo que urge es salvarse, y el prójimo que reviente; que yo me rinda a fuerza de trabajar para impedir que esta pobreza de hoy sea mañana miseria espantosa y, entre tanto, vosotros, a dormir a la iglesia, que está fresca en verano y abrigada en invierno, a vestir santos, limpiar altares y cantar jaculatorias porque el cielo es azul y porque la Providencia dispone la comida a los pajaritos del campo... Y yo, entre tanto, todo el día tronchado sobre la mesa, matándome a trabajar. No, chico, a eso no me avengo. Quiero que vivamos igual que antes; ellas en casa y para mi padre... tú, como gustes, nada te pido. Siempre tendrás aquí la cama y la mesa, con tal que no nos obligues a reñir unos con otros. ¿Quieres llevarlas a misa? Pues llévalas. ¿Quieres que visiten al Santísimo? ¡Por mí, que le envíen tarjeta! Lo que no tolero, es que dejen a papá solo y esté la casa hecha un asco. Yo no puedo permanecer aquí constantemente; y, además, su situación exige cuidados que un hombre no puede ni sabe darle. Consentiré que mamá y Leocadia sean devotas; pero antes tienen que ser lo que han sido hasta ahora, mujeres de su casa y enfermeras de mi padre. Por grande, por fervoroso que sea tu celo, es imposible que te ofusque hasta no dejarte comprender esto.
—Lo absurdo, lo inconcebible, es que me propongas que asista impávido a presenciar la vida que hacíais antes de mi llegada. ¡Ni un mal rosario había en la casa!
—Y vivíamos tan ricamente.
—Yo no puedo autorizar eso ni tolerar tus impiedades.
—Pues yo no quiero consentir lo otro. Sé religioso, pero cesa de ser fanático: verás cómo dejo de ser impío.
El ceño de Tirso y sus respuestas secas iban haciendo a Pepe perder la calma.