—Si te acomoda—continuó—estar de bruces todo el día y usar cilicio, aunque andes a gatas o te hagas un cinturón de escarpias, me tiene sin cuidado. En cuanto a ellas, que recen en casita; devoción a domicilio, la que se te antoje; pero tengo resuelto que mi padre vuelva a verse bien asistido y que Leo no tenga ocasión de perderse por ir a esa cofradía que ha puesto tienda de ropas. Con estas dos condiciones podemos vivir en paz. ¡Buen cuidado tendré yo de no discutir contigo! Me repugnan estas reyertas; pero, chico, lo de esta tarde me ha llegado al alma. Si papá se da el golpe un poco más fuerte, se mata.

—Lo que ha pasado hoy no tiene nada de particular. Si padre no hubiese querido levantarse...

—Si no le hubierais dejado solo... En fin, ¿te allanas o no a que vivamos en paz?

—¿Quieres que me resigne a veros vivir como masones? ¡Cuando empiezan ellas a comprender que lo que estaban haciendo no tenía perdón de Dios!

—Figúrate que has predicado en desierto, y no intentes más conquistas de almas. Para mí, antes que todo, está el reposo de la casa.

—Pues haz cuenta que nada hemos hablado.

—¿Insistes en convertir esto en un infierno con tu ridícula propaganda?

—Insisto en que mi hermana y mi madre no sean herejes.

—¿Y en que nuestro padre se muera a fuerza de disgustos y por falta de cuidados?

—A quien como él hace tan poco caso de la salvación del alma, debe importarle poco la vida.